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Travesía
Tomás Bradley


 “Kikorens, el ultimo flautista del desierto.”

 

 

“…Aspiré profundo mirando el fondo
 y olí el aroma fuerte del cansancio
de la tierra girada todos los años
por hombres cenicientos
que en vano buscan la aurora. “

 

I

 

En el libro “Historia de la provincia de Santa Cruz ” escrito por Osvaldo Topcic, entre otras cosas, leo que: “Kikorens (…) el último flautista del desierto (…) “. Y hasta aquí llego. Del todo insensible el historiador que a quien inerme lee, en noche calma, un libro de historia como estos libros se leen, sin advertencia, (cito las páginas anteriores o la sensación que de ellas guardo, para ilustrar a la señora sobre la actitud desprevenida a la que fui llevado por el contenido anterior a la sentencia sobre el viejo Kiko: “… que los hielos continentales para aquí; que las migraciones tribales para allá; que un patagón 1e dijo a un español ¡Setebos, Setebos’  etc.) lanzando así tal flechazo de hondura al centro mismo de una imaginación ya entumecida… Tras una frase como esa, si algo queda claro, es que ya no se puede continuar leyendo con la acostumbrada frescura. De súbito los libros de Herodoto que pensaba abordar me ponen los pelos de punta de solo mirar sus lomos azules, considerando que en la página menos pensada de un libro de historia, una sentencia de esa laya puede asaltarme. Fuera de esto, señora, la noche ya está perdida. O despabilada, tanto peor.

 

Queda uno como parado al borde de uno de esos abismos babélicos que tanto cuesta hallar. Con la boca idiota queda, azorada la vista y sabiendo con temeraria certeza que nada de lo que pueda arrojarse dentro devolverá el mas rotoso eco. Fíjese: “Kikorens (…) el último flautista del desierto (…) ”   y figura ya un imposible verso de Mallarmé o una alternativa de título para un poema épico.

 

¿Qué hacer, qué sentir, qué pensar? En vano intenta uno alejar del ceniciento romántico intrínseco todo aquello que pueda evocar ruinas, naufragios; emanar un dulce perfume de rosa silvestre que muere pensando en la luna o en el Toboso. Si, señora, entiendo; yo sé que el señor Osvaldo Topcic no tiene por qué estar al tanto de mis Esproncedas o Nicasios sepultados en el mas deliberado de los olvidos pero ¿Qué quiere? Ahora nos hallamos frente a la imagen solitaria del último flautista del desierto y siento que debo hallarlo. Traérselo a usted, señora.

 

Bueno, dejo tranquilo al irresponsable historiador. Aunque horror de horrores, vea como se atora la sangre rumiando todas las consideraciones poéticas y metafísicas que me acarrean el oír cualquier afirmación que esencialmente postule que en un momento dado alguien fue el último.

Ya puede dejar de leer aquí, señora: banalidades o penas o desolaciones siguen y esto es lo mismo que cualquier cosa, advertencia ociosa si las hay, pero oportuna y bien intencionada. Hágase.

 

II

 

Yo ya lo sospechaba, modestia aparte.

 

A) Un hombre mata a otro en un punto incierto de la pampa, cae el sol, telúrica estampa.

B) En un monte correntino un moreno de fino bigote se apea de su caballo y fuma bajo la sombra de un guayabo.

C) Sale de su rancho una doña, fondo serrano, y se horroriza cuando ve al cachorro punzón curiosear a la vuelta de una soberbia yarará que furiosa, sibilante y fría, mide la distancia que salva el cándido hocico.

D) En un lugar del litoral alguien escribe que un niño en el rincón de un galpón, con el semblante insólitamente serio, reconcentrado, una a una, va quitándose las espinas de los pies.

 

Estos pedacitos de vida tomados al azar entre infinitud de otros del Río Negro para arriba, dan la incómoda sensación de que forman parte de una serie que con mas o menos variaciones, se repiten; tienen sus antepasados, tendrán sus herederos. Del Río Negro para abajo, al Sur (esta palabra no se escribe, se apoya) es muy otro el estilo.

 

Propongo un puestero. Marcha con su tobiano bayo por una senda de guanacos. Por ninguna razón mira detenidamente una mata. Agrego que un viento hace suya la estepa y se ensaña en esa mata. Sólo esto pasa, sólo esto nunca más sucederá. Vale decir, y adelanto con esto la conclusión que me propongo demostrar, sólo en el Sur (¡esa palabra!) recobra el adiós la dignidad y el cariz de irrevocable con el que esa palabra fuera alguna vez pensada y usada por hombres mas serios, si me permite, y dispuestos a los Filos de la Existencia – ¡la grandilocuencia, dése cuenta, señora!-. En latitudes mas arribeñas no puede dejar de verse la despedida como una mera sensiblería, un remanido ritual con que los hombres y las cosas intentan dar a su realidad la profundidad que no tiene jugando al nunca mas con el trasfondo risueño de que siempre habrá una próxima, mediano chasco, riesgo ) lisonjero, guerra sin balas, juego de niños, etc. Usted me dice que establezco de modo gratuito cosas para las que debería esgrimir pruebas, fundamentos, siguiendo el convenido método de la lógica. Yo le digo, señora, que la previne, aunque pienso un poco y reparo: yo me he propuesto encontrar a Kikorens, el último flautista del desierto. Cuando lo hallemos acaso el tenga esas pruebas con las que usted correrá a lo de la vecina del C, para que ella comprenda también y todos juntos nos alegremos pensando que hay un lugar donde las cosas son una vez y sólo una y para perderse en d inescrutable remanso de lo perdido para siempre, a in Eternum, para regocijo de lado buen pagano algo asqueado de tanto eterno retorno y sus humillantes secuelas.

 

Digo dos palabritas en latín y se pone colorada, qué divina…

 

 

III

 

 Y cosas como esta todos los días…

 

 Así y todo a la anterior característica de aquella geografía se acoplan otras que por su magnitud hice mal en insinuarlas como tales y peor haría en encolumnarlas como rasgos…. Mas no se rebele la sensatez, ordénese el pensamiento. ¿Paradigma, entonces? ¿Las cosas como son? ¿Patrones? ¿Status quo? ¿Maldito idioma? ¿Maldita la hora en que mi pasado determinó el afán por escribir? ¿Maldito el amor? ¿Las mujeres, malditas? ¿Oh, si supieras, amor mío? ¿Hora es de atender a las aulas donde vetustos señores consignan los primores de la literatura y los arduos mecanismos para lograrla? ¿El viejo Kiko suspiraba sobre la flauta? Silencio. Todo esto es absurdo, señora.

 

(“¡Vamos hacia el infierno! Dijo el Gran Conserje Pedro”) Ahora está mas claro. Pero no el infierno donde sobran grados centígrados y horrores, aunque convengamos de una vez: en la Patagonia tanto derecho de piso como los vivos tienen los muertos, esta dicho, se cae de maduro, no se discute. Le pido, señora, que se ahorre la casi unánime imagen que nos sugiere leer que los vivos conviven con los muertos dado que “Pedro Páramo” ya está escrito. La realidad de lo que afirmo se manifiesta o debe entenderse en su consistencia poética o en lo que de poético podemos admitir en nuestras vidas…. Solo que Pedro Páramo es también una novela altamente poética… me cago en Pancho Villa; ya no se puede escribir tranquilo. He dicho silencio. Tampoco yo, como ve, puedo abstraerme de los tormentos a los que soy sometido por creaciones de mejicanos escritores muertos; triste metáfora de lo que quiero decir. Pero no, es de otro orden.

 

El pasado, el ayer, lo que fue, la nada, consiguen en este bizarro mundo lograr expresiones harto groseras, o materiales, si se quiere. Un cementerio, una vieja fotografía, una topera, estatuas, libros y demás. Expresiones todas ellas con las que nos podemos topar en cualquier latitud. No se si usted, señora, ha enterrado gente en distintas instancias de la brújula pero yo si y le garantizo que es casi lo mismo. Doy fe.

 

De ningún modo es una forma de permanencia una cruz o un verso; todo hijo de vecino sabe esto, de la misma manera que no ignora que esas cosas son, justamente, cosas o lugares donde el hombre amontona el pasado; no es que don Pasado va y se acurruca en ellas como si tuviera frío, aunque debe tenerlo, con tanta dejadez que anda por ahí. En fin, no se si me explico, señora.

 

No obstante, el pasado está  ahí. El pasado que es decir el ayer, lo que fue (y los que fueron) y también la nada, curiosa presencia. Ahora bien ¿Por qué, del Río Negro para abajo, estos lugares y todo lo que de ellos deviene, asumen una simbología, mejor dicho una gravitación, mejor aún; una relevancia y una influencia distinta que mas al norte? ¿Por qué parece que allí el orden está trastocado? That is the question… Kiko dirá, señora, el dirá…

 

IV Alucinaciones

 

 

“No es lunar el amor en esta noche, que esta noche el amor es todo mío.

 

Todo mío el grito de la tierra hembra, a mi merced la ruina del furor y el olvido.

 

Mío el largo fuego, mía la mirada, mío el ocaso de la noche, el amanecer y el rocío.

 

No es lunar el amor en esta noche, que esta noche el amor es todo mío.”

Es como un sueño. Uno piensa que si alcanza una estrella se solucionará, se superará el sueño y la vigilia, darán sus campanadas las voces de la gloria. Sin embargo lo sobrecoge un clima arcano, cual atrapado en medio de una larga discusión de los elementos. Sospecha de a ratos el oscuro significado de algunas de las palabras del dialecto y de lo que deduce comprende que lo están decidiendo a él. Esto es terrible: yo te amaba tanto, Sabrína. Pero todo lo que uno dice allí cae a la estepa como una vieja moneda y para ella se inventan nuevos métodos de ajar, de desgastar y decide no decir mas nada por no perderlo todo. A todo esto, la noche, y en ella el Sur se erige el¡ un monstruo mítico, bonito, cóncavo y aún no se sabe por qué está tan vivo como muerto. Será esa sensación que siempre tuviste pero con eso no explicás nada. Piedra libre al pasado! He desembocado en tu boca, Sur, y ella se había desvestido de  la misma noche de la lluvia de estrellas, no juntamos ninguna, me acuerdo… Digo silencio ¡Silencio! ¿No oyen, gran puta? Algo de eso: quizás no es que no te oyen sino que estás mudo; acordáte de la Odisea, acordate Tiresias, para hablar tenía que beber sangre… ¿Para eso crían tanto cordero acá, no? Para que los vivos puedan convivir con los muertos porque toda convivencia se da sobre la base de una sana comunicación. Cómo se despilfarra el disparate, pero hay algo de eso. Los vivos apenas hollamos esta tierra y los muertos levantan polvaredas pero ¿cómo?. Un vieja cargada de compras baja del colectivo en un pueblo fantasma. Sonriendo, se baja. Mirándome, se baja. ¿Qué significa? Un puestero se apea de su caballo, me da la mano, enorme mano, habla de a leguas, esta ciego, cuando lo miro bien advierto en su cortara unas boleadoras, pero ya se va también, lo miro irse ¿adonde vas que yo no vaya? y en ningún momento olvido que estoy en algún lugar de una estepa de Santa

Cruz lejos, lejos, lejos, pero ahora eso es ridículo. Tampoco olvido el mar que con sus mareas podría contar las oleadas de mi sangre como si hiciera falta, como si no me uniera ya pisado por la cola y ,jugara conmigo como juega el gato maula con el mísero ratón y en este lugar podrías morir como un persa y muy luego oír a Baudelaire llorar & tenor por Delacroix. Todavía no queda claro.

 

– ¿Qué es eso blanco de allá?- era un cementerio.

– Mirá las fechas. Ella murió dos días antes que el- eran ingleses, el epitafio mentaba el mar, la reina, las monstruosidades que el tiempo le hace a los hombres.

– Amor verdadera…- dijo otro. Yo pensé que si, que es cierto, que acá las cosas son distintas aunque usted no las vea aún, señora.

 

Esa noche soñé con mi padre y entre los dos soñamos que lo matábamos a Perón_ -Mas tarde, creo que también en sueños, le hice el amor a Sabrina o a Marylin Monroe, yo, que soy de izquierdas.

Días después, sospecho que no en sueños, pasé a la piecita con Karina, la mas linda de las seis. Daba besos, la terrible ninfa, merecedora de todos los sueldos petroleros. antes que nada dijo: “Tenés cara de muerto, ricura”. Recién volvía de la estepa. Creo que sonreí.

 

V Notas para hallar a Kiko y las huelgas.

“Recuerde el alto cielo que nos olvida y la tierra que soporta nuestras piernas

la hora triste en que nos huye la vida y el silencio nos abraza con notas sempiternas.

Recuerden los espejos hondos la viva mirada
que vacila en el rostro del moribundo
que se apresta para los otros mundos
que especulan la fe y el horror de la nada.

 

Pero que recuerden el agua y los sueños
el calor de la mano y la boca perdida,
la dulzura de luz de consumidos leños

 y el rumor pequeño de una esperanza aterida.

Que en las noches solas y recogidas
vengan músicas de ya calladas guitarras
y el vino musical de las viejas farras
en copas de memoria permanecida.

Y que sea la memoria un río de regresos,
que sea una sombra de la divinidad
permitida en nosotros y la eternidad
el sueño azul de quienes olvidaron los besos. “

 

Lo hallaré a Kikorens como se hallan los recuerdos perdidos, señora, o como se descubre en la sangre el perfil de un viejo rey. Comprenderá seguramente; arquetipos eternos, inconscientes, que un día se ganan a la voz y en plena noche, dormida el alma, suspiran en la boca “veni, vidí, vici ” y eso, solo eso y nunca mas – ¡los que nos vamos para volver te saludamos, Viejo Kiko!-. Será un gran momento aquel momento en que oiga la última melodía de Kikorens preservada en el reino unánime y silencioso, morada de la poesía.

 

Siempre que voy al Sur una marejada de recuerdos ajenos y mejores me pierde y consiento en dejar de ser yo para asumir a los otros mas nítidos que llenan el aire y los sueños con la corporeidad del llanto de una mujer en la iglesia.

 

Voy sospechando, y usted también, por eso me oye así, con gesto comprensivo -z madre de tango, que el camino a Kikorens es el de la introspección o el del “salto grande” si es que lo hemos de hallar allí donde se fraguan los monstruos de la humanidad, los abismos y las salvaciones.

 

Cierro los ojos y veo un cadáver en la greda, abiertos los ojos. No dice pero diría “la muerte no es un sueño de palomas pero la libertad es cara a mi alma, y soy libre”. ¿Ha oído, señora? ¿Qué haremos sino morir de cielo ahora mismo, cortarnos los talones y trepar un arco iris? Este hombre no es Kikorens pero como el es un flor sin igual. Que otros pinten de gloria las huelgas; yo las devoraré con los dientes romos de mi consistencia porteña, tomaré de las manos a Sobrina y nos lanzaremos al porvenir de estrellas llameantes y extraviados en el laberinto de las mustias edades buscaremos un otoño propicio que logre la carcajada de este obrero muerto, porque es una extraña calidez hermana de mi alma, la que nos halaga cuando nos consideramos aire en el aire, tiempo en el tiempo, y nada.

 

Qué nostalgia de árbol viejo , qué angustia de naranja herida la de mis manos y el papel…

 

VI El salto grande

 

“Ese sueño que ayer soñé
mientras todo se sucedía
borra día tras día,
cual deshaciendo en la arena,
la pálida frontera
entre la muerte y la vida.”

 

 

Lejos, señora, lejos y misterioso como decir “nos arroparán aún un puñado de siglos cada uno tendrá su cara”. Y estamos donde los una y mil veces muertos, y muertos hasta que la muerte se les cansó, y son ya solo olvido, tristes y desamparados como una gota de kerosén. No hay aquí ni la estela de una pasión antigua ni una reliquia imperfecta de besos. Es aquí donde los Hombres que Fueron construyen debajo de la tierra, y con sus huesos, una casa para que la nada se estire a sus anchas.

 

Hemos llegado, señora. Kikorens es un retazo de sueño compartido entre usted y yo y lo que de el veremos no será sino el aire mellado por las notas de su flauta añera, lejos Y hace tiempo y en Santa Cruz.

 

Por llegar hemos olvidado todo y acaso no poder volver sea triste como sus Lagrimas piensan, pero será glorioso el instante en que las notas del Ultimo Flautista del Desierto nos roben las señas y los rasgos; perderemos las ojeras, seremos mas que un dios dormido y la sola posibilidad de ascender a música enteramente (usted, Sabrina, el obrero muerto y yo) es suma recompensa por tan poco precio.

 

Hubo que hacerlo, señora. No se llega al país de los Últimos sino por el atajo de un suicidio en Santa Cruz. El mar estaba frío, señora, y arribar aquí arriados por la marea lunada, mirándonos mientras ésta nos trepaba, lamiéndonos los pies en aquella gruta entiéndalo, es poco menos que llegar a Roma susurrando refranes de prudencia al Cesar.

 

¿Dónde están los marinos naufragados en las negras noches? ” preguntó Víctor Hugo. Aquí están, aquí junto a todos aquellos anónimos y últimos cuya sola mención provoca un vértigo cósmico.

 

VII El ágora de los Últimos

 

 

Están todos. ¿Lo ve, señora? Aquí están Todos, en este ágora patagónico se han congregado a oír al Ultimo Flautista del Desierto. En este cañadón por donde alguna vez corrió el agua cuando las primaveras eran tehuelches y mapuche el oficio de la guerra y por donde ahora corre el viento como una voz en punta hacia el mar, aquí, dije, están todos. Somos sílabas articuladas por esta voz acaso para conformar el gran verso del sur que dirá de una vez y en lo que dura el aterrizaje de una hoja, cuanto los epitafios de una civilización solo alcanzan a balbucear. Están todos aquí y son, como nosotros, piel del viento, una nada con ojos.

 

Oh, allí veo al millar de colosos que vieron las espaldas de sus tumbas antes de ser llorados, mire, sus pies cubren comarcas, y allí el obrero muerto con ellos… ¡está sonriendo’… {mentira!… ¡ríe a carcajadas y su risa es asumida por la flauta del viejo

Kiko que detrás del horizonte empieza a sonar, y ya convida al obrero a bailar y se paran sobre el ocaso de puntillas! Oh fiesta de los Últimos…

 

Están todos, señora, aquí los ingleses a nuestro lado, vea como son mas rubias ,U; sombras y casi de leche sus palabras redondas. Pero sigamos hacia el poniente, quiero ver el rostro del viejo Kiko.

 

“Por la luna en la noche rotunda,
perdido y errante, solía un caballo retozar.

 

Niños que juegan y juegan
y bailan y cantan bajo la noche sepulcral.

 

¿Dónde están los hombres, dónde
las niñas cándidas que solían cantar?

 

La noche había llegado alegre.
La noche se puso triste. Tomar y tomar.

 

El viento se enreda en las lomadas,
el viento cautivo gime blanco en el robledal.

 

El caballo de la luna, errante
y perdido ¿Dónde, dónde fue aparar?

 

El viento se lo ha llevado lejos
y en las ramas del álamo galopa como el mar. “

 

 

“…y donde se congregaron los Últimos pude ver a Karina con sus cinco sirenas. Y vi una señora con bolsas llegando a un hogar de donde infinitos niños brotaban a borbotones como un río desenjaulado y vi un paisano arrojando una tríada de pájaros detrás de un guanaco musical, vertebrado de bemoles y sostenidos. Reí y lloré hasta caer exhausto mientras la luna se preñaba de los meses como una madre mansa… “

 

VIII La canción de Kiko

 

 

Todos la miraron pareció, recuperada o creada por la ultima canción de Kikorens. La niña bajo la lluvia de notas.

 

Nadie lo supo, secreto de mi, pero el mundo entero y todos los últimos se agazaparon tras los limones insolados allende el horizonte para mirar sus pies serios golpear o acariciar con alborozo pagano la arcilla del Sur. Cuan bello era que ella ignorase que sus giros enredaban marañas de un tiempo triste y que sus súbitos saltos aplacaban los aullidos de un Entonces que había perdido el sueño.

 

Y en Ella, la mas estremecida de cuantas notas Kikorens tañía, la mas vulnerable a una mirada sombría de la luna (que ya mostraba su espejo sucio en la tarde) se decantaron todas las sonrisas de Quienes Fueron hasta lograr en sus ojitos el diamante efimero de una lágrima.

 

Y desaparecieron…