info@estudiospatagonicos.com.ar



De un puestero sureño
Tomás Bradley

“…y, aca, nadie sabe si estoy vivo o muerto…”

 

De la boca de un puestero que vivía sobre el río Pinturas.

Por las tierras sureñas

de la provincia de Santa Cruz

los últimos dejos de luz

endispacio se iban yendo,

mientras íba el sol, muriendo,

sobre la cima de un cerro.

 

Los restos de luz que quedaban

reculaban ante la oscuridad,

y era tanta la soledad

en esa región maltratada,

que hasta las sendas lloraban

lágrimas de polvaderal.

 

Por esos pagos tan rudos,

en rancho de chapa y madera,

había un viejo a la espera

de su muy sola muerte

y resignado a su suerte

lo tenía malo una pena.

 

Frente al rancho atado había

un fletazo azulejo.

Era el buen pingo parejo

de hermoso pelo y andar

que quizás cansado de esperar

saludó relinchando al viejo.

 

La voz del puestero aquel

junto al lucero se alzaba

y puso en una payada

los cuandos y las razones

de aquellos sinsabores

que en la vida probara.

 

Esto es algo de lo que dijo

en la polvorienta verseada,

y antes de que empezara

la noche se puso a oír,

cuando a la luz de un candil

dio comienzo a la payada…

 

El viejo puestero: Alargue ése relincho

grite fuerte mi buen caballo,

que aura que solo me hallo,

sintiendo aquí tu grito,

cuasi parece que olvido

que estoy muriendo olvidao.

 

Todita mi vida entera

entre estos cerros la viví

y como me muero ansí

y el pecho se va sofrenando,

yo me voy cantando,

cantando sabrán que parti.

 

Se deshilacha el cordón

que a esta vida me amarra,

y al son de esta guitarra

va mi canto de paisano,

que es un canto hermano

de los que penando la vida pasan.

 

¡Quién pudiera ser canto

y tener su libre esencia!

Mas no fué tanta mi ciencia

y menor fué mi libertad

cuando vine a esta soledad

que sólo al viento aquerencia.

 

Es dura, y advierto,

esta errante  vida.

Yo encontraba guarida

al pensar en mi mujer

mas con el tiempo pude ver

que hasta eso se olvida.

 

Muchas veces he pensao

las razones de mi penar

¡quién sabe si mi rodar

me lo emparda algún otro!

Si hay Dios pa´mi fue potro,

que nunca me quiso llevar.

 

Otros sabrán mejor,

pero esta vida, es cierto,

podrá tener algún dulzor

allá por los altos cerros,

pero también es verdad, señor,

que naide sabe si estoy vivo o muero.

 

Tantos que ya cantaron

la historia de nuestras penas,

pero son quejas de arena

y se las lleva el viento

que últimamente siento

cual si llamara en tapera.

 

Montaré a caballo

y enfilaré pa´los cerros,

y el sonar del cencerro

de la yegua madrina

será el adiós que te dé

mi pobre tierra argentina.

 

 

Y así mismo hizo

aquél puestero cantor.

Trajinando por el desierto

buscó los cerros de Dios.

Hoy día es sombra larga

bajo la noche, el canto,  el sol…